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libro hugo jaramillo

Por Redacción Opción

Numeroso público asistió el pasado miércoles 31 de mayo a la presentación del libro POEMAS, LETRAS ECUATORIANAS 3, producido por aBrace Editora de Uruguay, con la dirección editorial de la poeta y escritora ecuatoriana Ruth Cobo Caicedo. “Letras Ecuatorianas 3 muestra poetas de varias generaciones, lo que permite brindar un delicioso coctel de estilos poéticos diferentes”, señala Franklin Barriga López, en el prólogo del libro.

 

La presentación de la obra en la que se reúne a 29 poetas, estuvo a cargo de Hugo Jaramillo Muñoz, querido y destacado poeta ecuatoriano, quien en su intervención señalo lo siguiente:

LETRAS ECUATORIANAS 3

 

El Arte, es el anverso diseñado con esa minuciosidad que el creador prodiga a sus inmersiones en los laberintos de los seres, de las cosas y del entorno que los contiene, buscando trascender los límites de la geografía y de la historia.

 

Los clásicos, que buscan la perfección y la armonía entre la expresión y lo expresado, conforme lo sostiene Aristóteles en su Poética, son el referente más remoto de esta aventura del pensamiento. Son siglos paradigmáticos que el hombre y la sociedad atesoran a través de su obra nobilísima, significando y otorgando sentido a las culturas y civilizaciones que hubieron de sucederse entonces. Con la irrupción de nuevas formas de ver el mundo, al hombre y sus relaciones, la normativa estética tiende a trasgredir esa armonía, para supeditar el proceso creativo a una direccionalidad divina extraterrena, que abarca desde las postrimerías grecolatinas hasta el medioevo, cuando el Renacimiento, se fundamenta en la supremacía humanística, como eje generatriz de la cultura.

 

Exacerbando la rigurosidad relacional entre forma y fondo, surge el barroco, que busca mayor sumisión al mínimo detalle, para alcanzar “lo bello” como el objetivo de la obra de arte. Años más tarde, el predominio de la razón en los procesos, antes intuitivos, emprende una especie de retorno a lo clásico, pero el canon ha sido superado y no se abstrae solamente en esa armonía clásica, sino que adiciona lo barroco y se reinstala hacia el futuro.

 

Posteriormente, la camisa de fuerza que constituye la norma, es allanada en pos de la libre expresión del sentimiento del creador, de sus valores, de sus convicciones íntimas, de su estatura ética, entonces se inaugura el Romanticismo. Pero, la obra estética es un resultante de las alternativas y contiendas sociales que exigen un caudal expresivo que las describan, por lo que la formulación del arte se vuelve hacia el detalle del entorno.

 

             Diríase que se va encontrando fundamentos en la cosmovisión y en las relaciones socio-políticas como la sustancia ideológica de todo proceso creativo: se suceden el  Naturalismo, el Modernismo, los Vanguardismos, como escuelas y tendencias, en las que se identificarán a través del tiempo literatos, pintores, escultores, músicos, etc., y que  constituyen el haber de toda cultura.

 

Este preámbulo indispensable, pretende ser una introducción explicativa del comentario sobre “Letras Ecuatorianas 3”, porque cada autor incluido en sus páginas, responde a su propia cosmovisión, a su contextura ideológica y ética, a cómo concibe su poética, es decir su compromiso y convencimiento respecto de su propio ambiente geo- humano y de sus relaciones personales e íntimas.

 

Franklin Barriga López en el prólogo a la Selección de Poemas en Letras del Ecuador 3, explicita su interpretación de cada uno de los autores, particularizados en cada muestra textual, para él emblemática de cada uno de ellos; yo solamente voy a complementar y adicionar algunos criterios, igualmente personales, a partir de mis lecturas:

 

Carlos Palacios Riofrío, en cuya elaboración poética prevalece la temática amatoria, intimista y personal, sumiéndose en un diálogo que devela las experiencias compartidas con aquella mujer objeto de su disquisición estética. Pero, también encontramos en la Antología, una composición descriptiva de su “Loja de los 50”, enclavada “…En el lienzo del pasado;/en un pedazo de historia,/(donde) se agolpan en mi memoria/ los recuerdos del ayer….”.- La reminiscencia es el recurso literario que le permite mostrarnos  a la ciudad y a sus gentes: “…Las casas con sus balcones/ llenos de flores y gracia/ reviven la aristocracia/ de los tiempos ya pasados…”,recorre la ciudad, mira tejados y balcones, el paisaje bucólico adyacente, y se detiene versificalmente en esas costumbres que le identifican al Lojano de cepa: “…las familias se reúnen/  alrededor de la mesa/ para rezar el bendito/ y darle gracias a Dios.// El padre es la autoridad/ indiscutible y total;/ la madre es el corazón/ de este núcleo familiar…/, así como constatamos una vivencia personal y su circunstancia, contadas con un lenguaje cotidiano, exento de recursos literarios y lingüísticos de mayor complicación.

 

Con esa misma cadencia individual e intimista Carmen Saa Alvarez, vislumbra el universo de su ser, su tránsito por esos instantes que mueven a la  reflexión, y confiesa: “…Cuando a solas me encuentre/ en el vacío inmenso/ De tus ojos morenos/ Seguiré siendo vuelo/ Seguiré vida mía/ Acariciando tu alma/ Desde el paisaje donde/ Reposara mi cuerpo….”, así instrumenta la palabra para exaltar la soledad como un espacio donde el tiempo se detiene, para el solaz y la rememoración del ser que le conmueve y ama.

            David Cobo Caicedo, se abandona al reto de lo abstracto, a la búsqueda de las palabras que le permitan explicitar sus búsquedas entre la espesura de ideas que le confirman como un pensante y sensible y devela: “…Somos… seres pletóricos que transitan en el vórtice de la existencia como una gota de rocío en el tiempo del arco iris…”, declarándose humanamente pleno, gozando el vivir como una metáfora de los elementos naturales que representan el movimiento y la cromática ambiental.

 

            Las búsquedas son el detonante de la intención creadora del hombre, inmersiones hasta las profundidades del ser, develamientos de misterios escondidos en lo inasible del cosmos, combates entre el amor y el odio, instancias metareales donde todo es factible de trastrocar en imágenes: “…No maldigas,/ Díselo a mi visión,/ Porque somos en la culpa/ lo que la equivocación quiso crear…”, acaso la opción de vida que motiva a David Sánchez Santillán, se descubre como un oficio equivocado, que lacera y corroe hasta mirarse a sí mismo como un versificador confeso?... El instante de la ejecución entonces, solo entonces, David comprende que: “…Algunas veces… Solo algunas… el alma es escogida para ver dentro de los espejos….”

 

            La palabra transparenta el tiempo transcurrido, las vicisitudes superadas, la vida intensa que a cada quien le toca, o más bien dicho que cada quien diseña, a veces como esa herida absurda de Edgar Castellanos: “…Para ponerle topes al amor/ para que se cure de tanta libertad…” porque Edgar, sabe y es consecuente, que con la poesía no se juega, que la poesía es un filo de navaja por el que se transita, con pequeños o grandes pininos, hasta llegar a ser un testimonio de sí mismo y de su tiempo: “…A veces/ -afirma con certeza-  sufro de ausencia/ cuando más me necesito./ Pongo a prueba mis caprichos/ y me marcho sobre ese corcel/ de no sé dóndes/ y cabalgo hasta no sé cuándos….”

 

            Elsy Santillán, obsedida, mejor dicho consiente del pasar del tiempo, de ese indetenible desojarse de los días, del que nadie escapa, como “…Este árbol…  Testigo silencioso,/ (que) ha quedado plantado en el parque/ (El tiempo ha pasado para todos/ menos para el parque)…” Y sabe también que el dolor es otro pasajero, “… Cual enemigo clandestino y al acecho,/ como enfermedad temible e incurable.”, y sabe que pasan la niña de cabello oscuro, las doce niñas que jugaban a la ronda, el amigo de la infancia, todos ellos mirándola en el espejo donde se reflejan las horas compartidas. Esa es Elsy, coherente, atenta a las pulsaciones de la gente, a los signos que definen los detalles del entorno.

 

            El Quijote es un símbolo de esas búsquedas que reafirman la grandeza humana, la plenitud de hombres y de mujeres que allanan todo límite para develar los lados oscuros de la tierra, y de la luna y de los astros, y nos hablan como Elva Poveda con su lápiz del bosque:  “…No sé hasta qué molino de viento/ hasta qué calendario en abanico/ nos hacen espectadores de todo reparto/ aquellos que fueron pobres y hoy son ricos/ aquellos son ricos desprecian a los pobres,…/confirmando con esto que las desigualdades sociales exigen de voces que denuncien; que la poesía es también grito, advertencia, ¡insumisión!

 

            Son una sucesión de bitácoras las que desnudan a Fabián Vallejo Almeida, como el amante que ha ido más allá de la sensualidad a flor de piel, de la excitación inmediata de los sentidos, porque la analogía de las estaciones humanas nos acercan a los elementos que conmueven al mundo: “…Amada/ no recuerdo el sonido de tu voz/ ni el color de tus mejillas/ en el beso/ pero si recuerdo / la alegría del viento/ navegando en tu cintura…” , porque el aire, el agua, el fuego, la tierra son átomos consustanciales al poema, porque: “… Es tarde en alta mar/ peces azules/ se bañan en el verso/ mientras pesco un poema/ que se quedó dormido/ y sin almohada…”

 

            Enunciando un personal feminismo, se identifica Fanny Carrión de Fierro, proyectándose más allá de todos los gritos y de todos los silencios; haciendo de sus palabras un albedrío posible para la ternura y para la sensatez, alertando que alrededor de cada uno cunde la impavidez, que sitia a quienes más se ama en este planeta: “… Madre, tú y yo somos mujeres./  Y qué más le da al mundo.// Pensarán que nos han visto las arrugas/ que dibuja en mis sueños/ el carrusel del tiempo…” “…Hija, Tú y yo somos mujeres./ Y qué más le da al mundo…”. El lenguaje coloquial es su instrumento expresivo, por eso es tan fácil identificarnos con sus palabras.

 

            La irreverencia es el leiv motiv, es decir la disquisición de una poética desenfadada que desabriga, hasta los límites helados de algo así como el amor inafectivo o el deseo consumado, ese lanzar dardos envenenados y punzantes de Fanny Rodríguez Ojeda, que se repite así misma: “…No recuerdo el nombre de mis amantes/ la mueca de los hombres que decapité/ sus mitades de vida que arrojé en el baño/ si duraron una canción o un orgasmo…” No importan el desparpajo ni la audacia, son textos hechos para conmover, sacudir y para… repensarnos.

 

            De Gerardo Heredia Llerena, cuyo lenguaje directo -exento de tropos y figuras literarias-  denunciativo por lo mismo, como extraído de la tertulia callejera donde se dice: “…Que hay que perdonar/ setenta veces siete,/ quizá por eso es que,   cada vez y cuando/ nos ven con cara de pendejos….”. Nivel de lenguaje necesario también, cuando el escritor vuelve su mirada hacia aquellas geografías terrenas y humanas donde palpitan los seres más humildes y excelsos: “…Campesina…. Mujer, dulce como el  maíz/ fuerte como los árboles/ sencilla como la simiente cuando nace/ madre leche y almíbar/ en la amargura del frío/ compañera// que desperezas las mañanas….”

 

            Gladys Paredes Bonilla, encuentra en lo familiar el ámbito para su elaboración literaria, se circunscribe a esas instancias donde ejercitamos afecto, ímpetu, esperanza junto al padre, a la madre, al amado, al hermano, a la hija en quien, cuando mujer, desborda aquello que antaño calló: “…El tiempo pasa y sopla/ Tan fuerte en mi corazón/ Mientras camino entre la gente/ Buscando tu sonrisa/ en las niñas/ que caminan ingenuamente//…  Espero tener un espacio/ Y juntas cantar las Rondas/ a la señora Luna.”  Cuánto poder confieren las palabras, cuántos instantes se pueden rehacer para recrearse, y para rehacer todo lo que omitimos una vez…

 

            La musicalidad y el ritmo son la fuerza que cohesiona a los pueblos, por eso son distintivos de cada cultura y significaciones profundas de lo diverso. El poeta procreado en esa matriz inconmensurable, que sabe del canto, que sabe del arpegio de las silabas, de esa fuerza que enlaza a hombres y mujeres, es el mago entre los artífices en la guerra y en la paz. Por eso, su poesía es presagio y es requerimiento: “… Marimba, piano rural,/ con sones y algarabía/ toca el negro, en tu alegría/ resuena el eco ancestral.” porque José Sosa Castillo, ha caminado por esos meandros, por esos esteros, por esas playas, por esos caminos de herradura que la negritud ha pluralizado verso a verso, nota a nota: “…Gira que gira la elegancia negra/ y al galanteo voraz por masculino,/ responde la mujer esquiva y tierna/ y el hombre la persigue cual felino…” Se trata del cantor dominando los cuartetos endecasílabos, que traducen la idiosincrasia esmeraldeña.

 

            La soledad de Laura Calvache, es recurrente en sus textos: “…Es la soledad/ que espera en ese recodo del camino/, rememoraciones de aquellos momentos que le incitaron a evadirse hacia el paisaje donde: “…Hace muchos años ya/ cuando era joven/ cuando el sol se ponía su corbata/ me paseaba/ con limones y ramas en las manos…”, “Más allá del alto mar, viejo mar, mar a solas….”, en élla es y en élla está la soledad camuflada, pero está también inmensamente habitada por el misterio metafísico que explica de dónde venimos y hacia dónde vamos: “…No me asombro/ –afirma– Dios me canta/ en la corriente de un río/ en la roca que golpea su hablaritmo…”, entonces la poesía de Laura Calvache, deviene en confesión de Fé, en revelación íntima.

 

            Luis Aníbal Andrade, desarrolla temáticas diversas, su percepción de lo familiar y del espacio nativo que le han permitido un haber empírico que suscita su trabajo verbal, igualmente coloquial y sencillo: “…La casa del abuelo está desierta/ y evoca mi recuerdo lo de antaño. / Sigo siendo niño en mi memoria, / mirando al rejo/ sus manos afincarse…”  Su espacio vivencial es cercano, cómplice de sus fugas infantiles y juveniles, pero siempre entre los límites cardinales de su ciudad, que es su interlocutora bienaventurada “…Apareces a la vista de repente/ cual pintura en un marco de granito/ en el valle inmenso e imponente/ descansando plácida/ desafiando el mito…”, o amando el paisaje en el que vivió integrado como en una acuarela, porque: “…El lago evoca/ su infancia de lluvia/ y de cascada.//… El lago siente, alzarse en su piel/ llegando/ hasta las nubes….”

 

            Sin el poder de las palabras, el sobrevivir o el sobremorir nos someterían al silencio, convirtiéndonos en caminantes sin retornos o lo que es peor en náufragos en medio de la enormidad astral; gracias a la expresividad oracional, Luis Enrique Fierro, elabora su inventario, su manera sui géneris de retornar a: “…La escuela/ de fachada blanca/ y tejados grises/ en ella quedaron los primeros pasos/ los primeros números/ y las primeras letras…”

 

            Manuel Federico Ponce, de pronto, rompe los lindes amatorios, la seducción del paisaje, el impulso celular de la gente y trasciende hacia los hitos de la historia con que se reconstruye identidades y presencias sobre la geografía andina: “…Y eran, y hacían contigo diosas luna/ lumbre de un mar perpetuo y renacido.// Mientras en el siglo aprendías sereno/ Shuara, leyendero de la leyenda del Fuego,/ de la diáspora abriendo su vacío con el rayo solar/ que impactaba su viaje de luz/ en la asteroide crecida en la noche/ rompiéndose la eternidad de un reflejo/ del Dios durmiente….”, Federico demuestra con esto su comprensión de una cosmovisión ancestral y de cómo la vida era la respuesta a esas incógnitas que inquietan al género humano.

 

            Marcelo Andocilla, explica el amor filial sustentándose en la comparación con la irrepetible figura bíblica que sintetiza el sentimiento más elevado de los seres humanos: “…María de cara,/ de nombre y hasta de apellido./ De sentimiento,/ y hasta de la misma pañuela/  y de la falda beata de noche/ puesta todos los días;/ de sandalias conocidas desde la niñez.// Eres María: madre del señor, de este señor/ crucificado en la calle,/ borracho cualquiera,/ peatón imprudente,/ longo por ladrón linchado,…//… Pero mi hijo, dices, en silencio…”

 

            Los episodios de María Cristina Ayala Sevilla,  son encuentros y desencuentros en ese rutar por ciudades y por pueblos que afirman su realismo palpitante, pero anclado a : “…Manantiales que surgen por encantos/ desde el amor u otras razones incomprensibles/ sin propietarios, sin pertenencias,/ sin explicaciones firmes….”, pero que en cada recodo van edificando ese mundo interior existencial donde encuentra “…los recuerdos de viejos olores, de alegrías evaporadas…//…Cómo caemos, cómo nos levantamos, cómo/ subimos y bajamos/ problema unipersonal, del uno y de la soledad…”

 

            Matilde Suárez Troya, espontáneamente solidaria, se incluye a un mundo exótico rodeado de la espesura y de las voces retumbantes de la explanada atestada de árboles, de insectos, de felinos, de frutos extraños: “…De mujeres del tiempo fértil del imperio del maíz. // Hijas del Yasuní. / Raíz de surcos mojados, manos crecidas en las semillas/ de la tierra y del sol…” Solidaria con el desamparado que cruza a su lado, transeúnte por esas calles donde se abstrae: “… mirando los ojos de un niño/ como estrellas.//… como un mar abierto…//… En el fondo había miedo/ a las sonrisas/ le acaricié/ como queriendo dejarle un poco de alegría…”

 

            En combate incesante con las palabras que parecen retarle a una confrontación cuerpo a cuerpo, Nélson Silva, aventura las interacciones verbales “abecedarios perlas, rocíos transparencias, vastedad aromas”, buscando con ello abastecer de significaciones al interlocutor, sediento de innovaciones fundamentadas y fundamentales. No obstante se ciñe en el transcurso de las mutaciones lingüísticas, a lo que es común a todos, cercano, palpable, lógicamente accesible: “…Hoy:/ en contra de los matices de la Nada Abismal:/ ¡Hablemos de la virtud y de la ternura/ en abecedario de perlas/ o rocíos transparencias¡/ ¡Cantemos la Belleza, la Fe, el Optimismo…”

 

            Oswaldo Bustos Azuero, contra toda normativa y contralluvia, elabora, con mucho acierto, un ajedrez poético, a fin de que el lector se desprenda de sus códigos habituales y se embarque en esa aventura que promete  destellos de imaginación, un sumergirse en serio, en el juego sintagmático propuesto: “Espórula, ciudad del sonido –(dirección)/ vienes – (distinta. A contrapuerta.) como la sangre –(carrera/ enloquecida/ y alta)- de un planeta ajeno….”  Se trata de un solo poema verdadero y de tres lecturas distintas.

 

            Patricia Merizalde, forja a través de sus Salmos, la explicación amatoria que le confirma a plenitud sobre la tierra, “…Heme aquí/ Para el jamás de tus ojos/ Yo lila/ Sirena/ Espuma/ Néctar para inventarme/ Soles/ En abril o diciembre…”

 

            Pedro Reino Garcés, avanza en el tiempo, se sabe parte de un común periplo que ha ido forjando historias, más allá del relato intimista, y que dejan jeroglíficos a su paso: “… Un día estuve aquí con ellos –afirma–/ Estaban sembrando mazorcas con los rayos/ Mazorcas de tiempos azules y amarillos/ Eran meses de pájaros de barro/ Y años de huiragchuros/ Que volvían cantando de otras muertes…”, acaso testimonios de dónde venimos y tal como somos.

 

            Rosalía Arteaga Serrano, se enfrenta cuerpo a cuerpo, diríase más bien alma a alma, con la gente, más allá de sus perfiles corporales. Ella, comprende al ser Humano, desde esa orilla donde solamente lo real maravilloso se hace certeza: “…Los escondites, en esa/ en la quinta amorosa/ La de los mil recovecos/ tesoros en las cajas.// La limonada fresca,/ delicados, barquillos,/ la pimienta,/ el paté,/ los secretos cocinan….” Enumeraciones de los hechos y de las cosas sencillas, recovecos secretos donde sólo sus ojos  pueden encontrar a Julita María y a Moises, a la Mistral cotidiana, a la dulce Aniha, a Malinalli, a cualquier  niño correteando monte abajo, porque así se hace la vida.

 

            Ruth Bazante, dispuesta siempre a Torcerle el cuello a la injusticia, levanta su poesía, que es voz doliente, hasta un Hacedor, al que mira impasible, imperplejo, mientras en el mundo se desata la atrocidad y el genocidio. Pero también canta lo heroico, enumera a quienes abren nuevos caminos para el ser humano: “…Como activos tus volcanes es tu pueblo Nicaragua/ Brama el coraje y se riega la lava por toda América// …En sus pupilas flameando, en el fragor de la lucha,/ la bandera sacrosanta del ideal de vencer y ver…”

 

            Ruth Cobo Caicedo, obsedida por esa incógnita incontestada, que es el ser pensante, ensaya respuestas mientras recorre caminos, playas, laderas de montaña, en dónde los signos inscritos en cada cosa sencilla, van encendiendo luces en cada recodo del túnel: “…Hurgamos/ el resumen/ de los años metónicos/ la edad del megalito/ la dimensión perfecta del talud/ y la piramide…” y encuentra quizá su exacta estatura en la transparencia de los otros.

 

            Martha Susana Alvarez, empeñada en descubrir la Geografía de los afectos, levanta con sus textos el mapa de lo sensible, que es la esencia humana: “…La caligrafía de la mariposa/ dibujando el amor y la ternura/ donde guarda la lluvia sus relámpagos…”, por eso no hurga en los cajones del abecedario buscando otras palabras, que no sean las de las gentes comunes y corrientes con las que goza de la vida.

 

            Vicente Robalino, escéptico hasta el pesimismo, constatando en lo cotidiano que el avanzar es una especie de viacrucis que sitia al Hombre hasta la incertidumbre, cuestiona sin miramientos: “…Para qué tantos dioses sino sabemos nombrarlos/ para qué tanto cielo si es inalcanzable/ para qué tanto cuerpo si se confundirá con la tierra/ para qué tantas dudas si jamás las resolvemos…”

 

            Este es el contenido de Letras Ecuatorianas 3, un esfuerzo colectivo, coordinado con esmero y puntualidad por Ruth Cobo, y que me permito recomendar leerlo página a página, porque en ellas se condesan modos de pensar, de sentir, de interpretar la realidad humana.

                                                                                                                                                                     Ms.Sc. E. Hugo Jaramillo Muñoz

 Quito, mayo 2017

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