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revolucion rusa

Francisco Garzón Valarezo

León Tolstoi, el gran escritor ruso, vivió los años de la decadencia del zarismo. Fue un aristócrata, un Conde, y tal vez por eso se hizo cargo el compromiso de guiar una parte del ejército que enfrentó a las milicias tártaras en la Guerra de Crimea. Sus amistades contaron que esa guerra cambió su forma de ver la vida. Los heridos, la muerte y la fiereza de los guerrilleros crimeos que se oponían al expansionismo ruso conmovieron su avivado espíritu de poeta.

De vuelta a su país se empeña en la fantasía de cambiar la estructura social rusa desde la literatura. Libera a sus esclavos, abre una escuela para pobres, funda un periódico, protesta contra la explotación, pero se choca con una traba: parte de los campesinos y del pueblo ruso, infectados por el veneno de la religiosidad aceptan la opresión como una voluntad sagrada, creen que no pueden vivir sin un zar.

Este problema lo resolvió la Revolución de Octubre de 1917.

Lenin, deportado en Siberia dedicaba largo tiempo al estudio del marxismo y otras ciencias, después descansaba; más, lo curioso es que el descanso consistía en seguir leyendo, pero ahora, las obras de Tolstoi, Pushkin y otros autores del Siglo de Oro de la literatura rusa. Fue tanta la simpatía de Lenin por el pensamiento de Tolstoi que se dedicó a examinar sus teorías en varios escritos, a uno de ellos lo llamó: “Tolstoi, el espejo de la revolución,” de otro, emuló el título de un ensayo llamado “Qué hacer” escrito por el filósofo y que es tan leído entre los comunistas del mundo. Rusia era un torbellino de ideas políticas y en aquel libro precisó con esplendor los rasgos teórico-científicos que debía cumplir la lucha revolucionaria. “La chispa”, el nombre del periódico de los bolcheviques, creado por Lenin, también fue tomado del verso del poeta  Alexander Odóyevski: “Nuestro sacrificio no será en vano / de la chispa brotará la llama”.  

Parte de los habitantes de ese país consideraba una insensatez, un desatino absurdo la posibilidad de elegir a sus gobernantes. Para ellos el zar era la encarnación de dios porque ejercía también como líder de la iglesia ortodoxa. Pueblo y emperador creían que el gobernante podía tomar las decisiones baladíes o esenciales para la vida del país sin consultar ni informar de sus gestiones a nadie. 

La revolución acabó con ese amargo vejatorio, proscribió el dominio de los monarcas y lo reemplazó con un gobierno de obreros, soldados y campesinos. Creó una nueva forma de entender la vida, aportó a la evolución del pensamiento de la humanidad.

Habían pasado siglos del ocaso del Imperio Romano pero los zares, continuaban con una vida similar al desenfreno y perversión de los césares.

Sus riquezas eran inmensas. Alejandra, la última zarina tenía una colección de 700 diamantes que a veces relucían en los pescuezos de sus perros en las espléndidas fiestas reales, usaban la ropa interior solo una vez, sus trajes de gala eran cosidos con hilos de oro, tenían un teatro de ópera privado, cincuenta mansiones y castillos imperiales en Rusia y en las ciudades más importantes de Europa. Nobles y aristócratas eran dueños del 95 % del territorio ruso y de ese porcentaje, más de la mitad pertenecía a la familia real, o si usted quiere, eran dueños de la sexta parte de la superficie del planeta. Tenían millones de libras esterlinas, dólares y rublos repartidos en los bancos de varias naciones. Uno de esos grotescos nobles, en el plan de sorprender a su gallada se le ocurrió ofrecer un banquete en platos y utensilios de oro que estrenaba esa vez, terminada la comida mandó a hundir la vajilla en el río.

Todo esto ocurría mientras el pueblo pasaba hambre y frío.

La madrugada del 25 de octubre de 1917 cuando el ejército rojo conquistó el Palacio de Invierno, símbolo de la ferocidad de los zares, Lenin pronunció este severo discurso:

“¡Camaradas!!:

Hemos logrado la revolución de los trabajadores y los campesinos, que nosotros, los bolcheviques, hemos invocado. El aparato del antiguo gobierno ha quedado desmantelado. Jamás se permitirá a la burguesía participar en un gobierno del Soviet. Ha llegado una nueva era.”

Aquella frase: “Ha llegado una nueva era”, se comenzó a ejecutar de inmediato. El riguroso poderío de los zares y las clases dominantes, con todo su pasado de crueldad y privilegios fue destrozado con una rapidez vertiginosa. Nunca hubo otro zar en Rusia. La sagaz conducción del proceso político y la movilización de la masa se cumplió al milímetro. Fue una revolución diferente a las ocurridas hasta entonces en el mundo y  trascendió en la historia porque heredó a los pueblos la enseñanza, el camino certero de la clase obrera a la conquista del Poder. Los proletarios descifraron y comprendieron que la lucha sindical no era el fin, sino el medio para llegar a superar las injusticias y transformar el mundo.

Los mujik de aquel país tan lejano e ignoto eran el equivalente a la condición social del indio ecuatoriano de ese entonces, podían ser vendidos, incorporados al ejército o a la servidumbre de por vida. Nacían siervos y morían siervos, la nobleza y la aristocracia no los veían como seres humanos y por tanto no les reconocían ningún derecho. Con el triunfo de la revolución pasaron a ser dueños de la tierra que trabajaban, fueron liberados de la servidumbre, del ejército,  ingresaron a la educación.  

Al siguiente día de aquel octubre Lenin publicó el Decreto Sobre la Tierra: Las haciendas de la corona, la iglesia, la nobleza, junto con sus animales, construcciones, maquinarias y enseres fueron expropiadas y ningún latifundista fue indemnizado; las deudas de los campesinos fueron abolidas; se impidió la contratación de jornaleros para la agricultura bajo el principio de “la tierra es de quien la trabaja”. Además quedó suprimida la pena de muerte, se eliminó el sistema de castas y los títulos de nobleza y se creó uno nuevo: el de “Ciudadano de Rusia”. Se disolvió el régimen zarista de justicia. Para evitar la usura se nacionalizó la banca. Se estableció la jornada de ocho horas de trabajo, las mujeres tuvieron derecho al mismo salario que los hombres, y una de ellas, Alexandra Kollantai, fue la primera mujer en la historia de Rusia en ocupar un cargo de ministra. Esta señora junto a otras brillantes mujeres comunistas como Nadia Kruskaya, Inés Armand, Larisa Reisner, Natalia Sedova superaron la idea de la lucha del feminismo como una lucha entre sexos y la convirtieron en lo que debía de ser: en lucha de clases.

Ni siquiera los artistas más brillantes lograrían crear la prosa, el verso, la música que cuenten la alegría de los pueblos del mundo tras la gloria de octubre. Las promesas de los bolcheviques se cumplían, no sobrevino la frustración en los obreros de Rusia ni de otros países como había ocurrido en ocasiones anteriores. Y fue el propio Lenin, tal vez sin pensarlo, quien escribió, no en hojas de papel, sino en las páginas de la historia, la más perfecta obra de arte compuesta hasta ahora por la humanidad, quien superó a Tolstoi, Chejov, Dostoievski, Pushkin: Los textos de la revolución y sus leyes.

Enterados de esas leyes y esos audaces cambios que significaban una tragedia para los amos, se erizo de terror el espinazo de nobles, príncipes, vagos, burgueses, curas, mantenidos y viciosos de otros países y de todo pelaje al ver que su vida parasitaria podía llegar a su fin; y a la vez, la lucha de los pueblos del mundo acarició la esperanza de repetir el triunfo de la revolución en sus países. Los comunistas de Alemania, España, Italia se robustecieron, lograron importantes triunfos, entre ellos, electorales. En el Estado Alemán de Baviera se formó la República Socialista de Obreros y Soldados, el 9 de noviembre de 1918 el káiser alemán fue obligado a renunciar. Los imperialistas fueron acorralados y buscaron socorro en el fascismo. Louis Renault, Hugo Boss, Henry Ford, Prescott Bush, (abuelo de George Bush), Nelson Rockefeller apoyaron este fanatismo que  propagó tal odio a la revolución y a sus líderes, que el dictador fascista español Francisco Franco prohibió a sus habitantes llevar el nombre de Lenin.

En pocos años, siendo un país atrasado, bajo la conducción de Lenin y Stalin, Rusia se convirtió en  una potencia económica, política, militar, científica, energética, cultural, deportiva y pudo vencer al fascismo, amenaza que pendía sobre la humanidad.  A pesar de esto, los petulantes sabihondo de la burguesía, esos que ocupan altos puestos en las academias o que cobran por escribir o comentar en los periódicos y la televisión burgueses, también hablarán de los 100 años de la  Revolución de Octubre, pero para denigrarla, para desconocer sus logros y destacar los errores cometidos por la traición de quienes usurparon ese proceso político histórico a raíz de la muerte de Stalin.

Estos pajes de la plutocracia que nunca habrán leído una obra de Marx o Engels, a más de la estupidez innata de los esbirros, asumen como justa la aberración del imperialismo para defender este sistema que de mantenerse vigente arrastrará a la humanidad a la extinción, coincidirán en machacar sobre la búsqueda de una tercera vía, sin decir nunca cual es, y maquinarán  sus intrigas para desdeñar de la capacidad de los pueblos para crear su propio sistema de gobierno.     

No recordamos la hazaña de octubre como una novelería, sino como una valiosa enseñanza para los revolucionarios y patriotas del mundo, porque  inició un capitulo nuevo en la historia, porque enseñó a los pueblos a tomar conciencia de su fortaleza, porque fue estímulo para nuevas revoluciones cuyos propósitos centrales se mantienen vigentes.

Después de 100 años de la Revolución de Octubre es forzoso ajustar a cada realidad nacional las leyes para el cambio, pues solo una revolución genuina dejará de pagar la deuda externa ilegítima para usar esa plata en el desarrollo nacional. Una revolución hará que los ladrones de cuello blanco vayan a la cárcel y devuelvan lo robado, hará que se estatice el negocio petrolero en todas sus fases, que se recupere  la soberanía del mar y todos los recursos naturales, estatizará  la banca, democratizará el uso del agua, garantizará el trabajo, la salud y la educación para todos y será garantía para la supervivencia de la humanidad.      

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